Llovía… La pequeña lámpara dejaba caer su luz sobre el teclado del ordenador. Los dedos de ambas manos en continuo movimiento golpeaban las teclas que bailaban a ritmo habitual, como queriendo interpretar una partitura conocida o muchas veces estudiada. Las teclas marcaban el compás de una especie de sinfonía que iba llenando la pantalla, y la página se iba oscureciendo con el caminar de las letras. El teclado obedecía a los deseos de Piero, y completaba las sílabas, las palabras, sobre ese fondo blanco para llenarlo de líneas, ocupando lo que antes era un vacío, caracteres y espacios caminaban también con sentido y con un fin esperanzador, el de acabar la novela. Fuera atronaba… llovía… Ya hacía rato que el agua golpeaba con fuerza en los cristales y el olor a mojado de la casi penumbra exterior penetraba en la habitación, aun sin rendijas ventanales. Éste era el momento de expresar sus ideas, las ideas más claras. El repiqueteo de las gotas era el medio propicio para ayudarle a escribir. Ese tiempo se convertía en su inspiración; la lluvia, su musa oculta para narrar. Al oír las primeras gotas recordó las palabras de una antigua amiga: “el comienzo del otoño, cuando llueve, es el mejor momento para ponerme a escribir”. Ahora estaba totalmente de acuerdo con ella, y así parecían confirmarlo los breves movimientos de su cabeza, tras reconocer que los calores del verano no le habían dejado expresar por escrito una sola línea, ni una sola nota vinculada a otra. Las ideas confusas no habían podido salir de su mente sofocada ni le habían dado para un triste párrafo. Faltaba pues la música y la letra, como en una partitura, como en la sinfonía cantada. La novela, su novela se había detenido en esa página ciento ochenta y nueve, meses atrás, y sólo viviendo la estampa de la lluvia sería posible continuar. Ahora, la melodía cobraba vida, volvía a brillar marcando el compás, punto a punto, nota a nota, ¡qué importaba la clave!, los párrafos surgían de entre los dedos de sus manos nerviosas, sin querer pensar en la falta de luz.
Cuando Piero acariciaba ya la imagen de ver saltar la página ciento noventa, con la solución de todos los conflictos, buscando llegar al desenlace con el mayor de los esfuerzos, varios destellos de luz blanca entraron en la sala, sin pedir permiso. Su único temor, no poder acabar su obra. Un estruendo desgarró el cielo de la noche seguido de una explosión encadenada. La ventana de la sala se iluminó repetidas veces, y otras tantas llegó el sonido de los truenos, lo que hacía predecir que la tormenta se hallaba justo encima.
Su musa, como en un susurro, le animaba a seguir: “Ya lo tienes, diez reglones, nueve…, ocho…, estás a punto de ver saltar la nueva página. Llueve, sí, y te das cuenta que eso te hace feliz. Los dedos corren, las teclas saltan… el tintineo parece estar asegurado para un buen rato, sólo quedan siete líneas… ¡Sigue, que no paren esas gotas…! ¡Oh, adorable lluvia! ¡Que no paren esos dedos! Un minuto más… ¡Que no se detengan tus manos…!”.
Un nuevo destello dejó a oscuras la habitación, y de la garganta de Piero salió una lamento por la sorpresa, ¡maldición!, la pantalla se apagó llevándose en su profundidad todo el contenido de sus ideas, todo el texto de la página.
Cuando Piero acariciaba ya la imagen de ver saltar la página ciento noventa, con la solución de todos los conflictos, buscando llegar al desenlace con el mayor de los esfuerzos, varios destellos de luz blanca entraron en la sala, sin pedir permiso. Su único temor, no poder acabar su obra. Un estruendo desgarró el cielo de la noche seguido de una explosión encadenada. La ventana de la sala se iluminó repetidas veces, y otras tantas llegó el sonido de los truenos, lo que hacía predecir que la tormenta se hallaba justo encima.
Su musa, como en un susurro, le animaba a seguir: “Ya lo tienes, diez reglones, nueve…, ocho…, estás a punto de ver saltar la nueva página. Llueve, sí, y te das cuenta que eso te hace feliz. Los dedos corren, las teclas saltan… el tintineo parece estar asegurado para un buen rato, sólo quedan siete líneas… ¡Sigue, que no paren esas gotas…! ¡Oh, adorable lluvia! ¡Que no paren esos dedos! Un minuto más… ¡Que no se detengan tus manos…!”.
Un nuevo destello dejó a oscuras la habitación, y de la garganta de Piero salió una lamento por la sorpresa, ¡maldición!, la pantalla se apagó llevándose en su profundidad todo el contenido de sus ideas, todo el texto de la página.
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