domingo, 27 de junio de 2010

domingo, 20 de junio de 2010

Página en blanco (relato)

Llovía… La pequeña lámpara dejaba caer su luz sobre el teclado del ordenador. Los dedos de ambas manos en continuo movimiento golpeaban las teclas que bailaban a ritmo habitual, como queriendo interpretar una partitura conocida o muchas veces estudiada. Las teclas marcaban el compás de una especie de sinfonía que iba llenando la pantalla, y la página se iba oscureciendo con el caminar de las letras. El teclado obedecía a los deseos de Piero, y completaba las sílabas, las palabras, sobre ese fondo blanco para llenarlo de líneas, ocupando lo que antes era un vacío, caracteres y espacios caminaban también con sentido y con un fin esperanzador, el de acabar la novela. Fuera atronaba… llovía… Ya hacía rato que el agua golpeaba con fuerza en los cristales y el olor a mojado de la casi penumbra exterior penetraba en la habitación, aun sin rendijas ventanales. Éste era el momento de expresar sus ideas, las ideas más claras. El repiqueteo de las gotas era el medio propicio para ayudarle a escribir. Ese tiempo se convertía en su inspiración; la lluvia, su musa oculta para narrar. Al oír las primeras gotas recordó las palabras de una antigua amiga: “el comienzo del otoño, cuando llueve, es el mejor momento para ponerme a escribir”. Ahora estaba totalmente de acuerdo con ella, y así parecían confirmarlo los breves movimientos de su cabeza, tras reconocer que los calores del verano no le habían dejado expresar por escrito una sola línea, ni una sola nota vinculada a otra. Las ideas confusas no habían podido salir de su mente sofocada ni le habían dado para un triste párrafo. Faltaba pues la música y la letra, como en una partitura, como en la sinfonía cantada. La novela, su novela se había detenido en esa página ciento ochenta y nueve, meses atrás, y sólo viviendo la estampa de la lluvia sería posible continuar. Ahora, la melodía cobraba vida, volvía a brillar marcando el compás, punto a punto, nota a nota, ¡qué importaba la clave!, los párrafos surgían de entre los dedos de sus manos nerviosas, sin querer pensar en la falta de luz.
Cuando Piero acariciaba ya la imagen de ver saltar la página ciento noventa, con la solución de todos los conflictos, buscando llegar al desenlace con el mayor de los esfuerzos, varios destellos de luz blanca entraron en la sala, sin pedir permiso. Su único temor, no poder acabar su obra. Un estruendo desgarró el cielo de la noche seguido de una explosión encadenada. La ventana de la sala se iluminó repetidas veces, y otras tantas llegó el sonido de los truenos, lo que hacía predecir que la tormenta se hallaba justo encima.
Su musa, como en un susurro, le animaba a seguir: “Ya lo tienes, diez reglones, nueve…, ocho…, estás a punto de ver saltar la nueva página. Llueve, sí, y te das cuenta que eso te hace feliz. Los dedos corren, las teclas saltan… el tintineo parece estar asegurado para un buen rato, sólo quedan siete líneas… ¡Sigue, que no paren esas gotas…! ¡Oh, adorable lluvia! ¡Que no paren esos dedos! Un minuto más… ¡Que no se detengan tus manos…!”.
Un nuevo destello dejó a oscuras la habitación, y de la garganta de Piero salió una lamento por la sorpresa, ¡maldición!, la pantalla se apagó llevándose en su profundidad todo el contenido de sus ideas, todo el texto de la página.

martes, 15 de junio de 2010

El tartamudo

Un tipo serio y muy esmirriado
de los que hablan poco, no de corrido.
Otro sería si había bebido,
que sólo lo hiciera estando turbado.

En la barra del bar, nunca sentado,
tres vinos después, de modo seguido,
al obviar trabas que hubiera tenido,
dejaba así de sentirse frustrado.

Salían frases de su boca al viento,
Firmes, precisas, ¡qué fuerza les daba!
Una, dos y tres, ¡y hasta más de ciento!

Sin su timidez no tartajeaba.
Guardaba la forma en todo momento
y a nadie ofendía a todos gustaba.

lunes, 14 de junio de 2010

A una rosa


Surges cada primavera
luciendo de gala hermosa
como quien viste de esposa
para el amante que espera.

Invitas a quien te quiera
y te ofreces olorosa
sintiéndote así dichosa,
aunque a ti nadie viniera.

Y en ceremonia certera
abres tu cáliz, ansiosa
de extender tu manto, rosa,
de las flores, la primera.

Sueños son

Érase un jardinero muy ufano
de un rosal lunero… En su alegría
lo cuida con pasión, mientras confía
en tenerlo al alcance de su mano.

No abandona su oficio de hortelano
que siempre se mantuvo en esa vía.
Trabaja sin reposo todo el día
y cosecha los frutos del verano

Forja el año la mies en su promesa
si de sol a sol sigue en el empeño
de ver, al fin, su obra conseguida.

Con sus rosas, de noche se embelesa
restándole las horas a su sueño,
a la luz de una luna enardecida.