lunes, 20 de septiembre de 2010

La carta (relato)


David salió de su casa, de West 43rd street, sin rumbo fijo. Al salir, recogió la carta, con el sobre intacto que había recibido días atrás, la dobló y la guardó en un bolsillo. Miró a ambos lados y comenzó un caminar lento, muy lento, ceñido en contradicciones, en su cabeza bullía todo un mar de dudas. Se sabía necesitado de descanso, pero un fino aire primaveral en la cara lo estimuló a seguir. Atravesó Times Square como un sonámbulo, a pesar de la multitud, y sus pies le condujeron por la 7th Avenida hasta un Central Park repleto de niños. Los gritos de los juegos repercutían en sus oídos como golpes, causándole cierto malestar, habría querido acallar sus voces, pero no era posible, siguió caminando con torpeza hacia un lugar más tranquilo, donde hubiera menos público. Cualquier clase de sonido le molestaba, el canto de los pájaros, el rodar de las bicicletas, el entorno entero le incomodaba. Los pies le condujeron hasta cerca del lago (The Lake), y de tanto ansiar la paz…, el silencio…, sus deseos parecieron venir a cumplirse. El parque enmudeció de repente, de extraña manera. David dejó de sentir el aire en su rostro, la brisa en sus manos, y al ver que las nuevas ramas y hojas en los árboles también estaban quietas, demasiado quietas, comenzó a preocuparse. Nada se movía alrededor, todo estaba sumido en esa especie de magia. Y él ¿qué me ha pasado? Creyendo no poder soportar ese absurdo, intentó escapar de allí, no comprendía aquello. Minutos antes todo estaba en movimiento, se oían las voces, murmullos lejanos, trinos de jilgueros y hasta el chapoteo de algunos peces en el lago. Lo normal de la primavera, pensaba David. ¿Qué había ocurrido pues, para que todo quedase inmóvil a su alrededor, todo excepto sus pensamientos? ¿O era el tiempo, quien se había detenido para él en ese momento, en ese día? No encontraba respuesta a sus preguntas. Se aproximó al lago, se asomó y buscó su reflejo. No sabía porqué contemplar su rostro en aquella opacidad verdosa le espantaba, su imagen aparecía distorsionada en la superficie de las aguas tan quietas y eso le atemorizó todavía más.
Habría querido alejarse de aquello con una manera de andar menos cansina que la que le había traído. No podía moverse. Pero ¿qué le impedía salir de allí? Intentaba comprender las imágenes veladas e irreconocibles de sí mismo en el lago... Recordó otra primavera en la que había dos imágenes reflejadas… A la memoria le vino otra vez la carta y en su pecho una congoja, sintió inquietud por saber su contenido, aunque este fuera adverso. En esos días no había dejado de darle vueltas a lo mismo una y otra vez. Esa condena le quemaba en el bolsillo. Extrajo el sobre doblado y lo extendió despacio, observando los rasgos. No llevaba remite, pero era su letra, la conocía bien. Un año, hacía justo un año que ella se había marchado sin darle una respuesta clara. ¡Dijo que escribiría! ¿Por qué no arriesgarse a saberlo todo ahora? Si le aceptaba, tendría que trasladarse a Europa de nuevo. La opción le entusiasmó, aunque aquello suponía un cambio radical en su vida. Pero si era una negativa –lo que recelaba– subsistiría perdido para siempre en este sucio New York, aislado entre bastidores, tras un telón engañoso y envuelto en la miseria del apartamento de West 43rd street. Una lágrima se deslizó involuntaria por su mejilla derecha. Incapaz de abrir la carta rumiaba insistente. “Habría sido mejor, cuánto mejor que nunca encontrara su destino, tantos correos se pierden… tantas cartas se pierden…”. Aún con el sobre cerrado en una mano se secó los ojos con el puño de la otra, ambos ahora humedecidos. Miró a su alrededor. Sólo el extraño y misterioso silencio dominaba el amplio espacio. ¿Huir de la soledad…, dónde se puede huir? Decidió romper la carta en mil pedazos y arrojarla a las aguas inmóviles. Y observó con calma cómo los fragmentos de papel se hundían rápido hacia la negrura del lago, unos más deprisa que otros, tal vez unas letras pesaban más y se abrían paso con otra intensidad… cuando el último trozo de papel venció la superficie parecieron moverse las aguas de alrededor, se formó una onda, luego otra mayor y después algunas hojas flotantes navegaron otra vez guiadas por un ligero viento.
Sintió entonces como el aire volvía a acariciar su rostro, sus manos, aliviándole, y sólo así pudo enfilar con lentos pasos la salida del parque. Los gritos de la chiquillería llegaron de nuevo hasta él desde una zona infantil. Algunos de los paseantes se fijaron en su lánguida manera de andar, casi arrastraba los pies. Él los miraba con ojos borrosos. Todos parecían conocer su adversidad y el mensaje de aquella carta. Deben ser los efectos de estos aires primaverales, comentaban al verle y sonreían, y él ¿por qué me miraran así?, ¿acaso ellos saben más que yo? Estoy tan cansado…

1 comentario:

  1. Hola Pedro, me ha gustado el relato y su desarrollo, me hubiese gustado otro final y saber qué decía la carta. Un poco de cotilleo ¡Ja,ja,já.

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